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Intervenir el mundo

Una de las artistas más cool de la ciudad quiere migrar a nuevos espacios que le permitan evolucionar. Conversamos con ella y nos dio cuenta de sus inicios como pintora, su estilo de vida y su técnica, que han permitido su reconocimiento en el medio.

Cuando era alumna del colegio Leonardo da Vinci, Chiara aprendió a ser veggie. Su madre, doña Varea, la llevó a su hermana y a ella al consultorio de medicina hipocrática del doctor Carlos Casanova Lenti en Huachipa, donde el médico les enseñó la filosofía: «eres lo que comes», del alemán Ludwig Feuerbach. El filósofo griego, Hipócrates, postulaba algo parecido: «Que tu alimento sea tu medicina». Chiara tenía doce años, no iba a curar nada, pero su mamá deseaba que comiera bien. «Lo hizo porque mi hermana era gordita», rememora y ríe. Casanova les asignó una dieta de semillas, extractos, ensaladas por un mes, con controles sabatinos. Ella siguió la dieta por un año. Sin querer. Ser vegetariana de niña, hace que lo seas de por vida. «Tengo cero sentimientos si veo una salchipapa», dice. Ahora, cada vez que se levanta hace sus extractos para salir a pintar. Pero, este relato no tendría nada que ver con ella si no fuera porque ese lado naturista hizo que sus pinturas sean, como ella describe, orgánicas. En su obra abunda el verde, hay ondas, trazos que asemejan pistilos, formas que tantean ser pétalos u hojas, curvas que son vida. «Todo tiene que ver con ese lado que viví de chica».

Chiara sabía lo que quería, allí en su colegio con nombre de artista máximo. «Tenía un cuaderno donde dibujaba, y lo hacía tan natural que los profesores no me decían nada por no prestar atención a sus clases», recuerda. «El lado artístico me viene del lado paterno. Tanto mi abuelo como padre eran hábiles con las manos». Le han contado historias en las que su padre, de niño, tallaba cerillos para construir con ellos un barco o cincelaba tizas para hacer tótems. A algunos de esos tótems, Chiara los atesora. «Son reliquias para mí», agrega. Por ocho años, hasta terminar la secundaria, Rosingana tuvo de maestra a la artista Marita Larrañaga en un taller libre experimental. De hecho, lo de Marita es algo orgánico. En su blog se puede apreciar óleos titulados ‘Verde te quiero verde’ u ‘Ocres y tierras’. Luego estudió en Corriente Alterna, de 2010 a 2015. «Allí aprendí a darle fundamento a todo lo que hago. No necesariamente depender de una teoría, pero sí cuestionarme todo lo que planteo y hago», dice.

Lo suyo, realmente, empezó en 2008, cuando intervino con plumones un Mini Cooper para una fiesta Roxy, marca de la que ella es embajadora. Años más tarde llegaría a darle color a tablas de surf. Así empezó a pintar en vivo. Según el geógrafo Pausanias, fueron tres las musas originales en la mitología griega; una de ellas, Mnemea, la musa para el preciso momento de plasmación sobre el lienzo. Es posible que Chiara invoque a tal musa en una intervención en vivo. Ella misma debe ser una musa de performance.

Dice que hay dos versiones de ella: una, la que pinta en vivo; otra, que hace su obra íntima en un taller. Ha hecho presentaciones en vivo para varias marcas. La ejecución de esta especie de jam pictórico tiene nombre: dibujo automático, donde no hay obra previa y el arte surge por los impulsos del momento. Chiara dice que si alguien se acerca a hablarle mientras hace una intervención en vivo, eso ya determina la dirección de un trazo. «La pintura fluye con la música, las personas, todo lo que sucede en el ambiente. En realidad no soy yo. La pintura es lo que absorbo, interiorizo y pongo al papel», explica. La otra Chiara, la que trabaja en soledad, es más abstracta. «En otras palabras, hay un lado mío expuesto, que se marketea; y otro que hace cosas para sí, que guarda pinturas, que las quiere vender», dice. También hace murales por encargo. «Por ello no he tenido espacio para producir mi propia chamba».

Antes, su taller era la azotea de su casa en Miraflores; ahora reside en la ‘Casa Roja’ de Barranco, y su aquella ex terraza le sirve de almacén para grandes lienzos, porque ella trabaja grandes formatos. «Me permiten explayarme, me dan libertad». Por la cercanía, Rosingana va de su casa al taller caminando, en el Metropolitano, en bicicleta o en skate; pero ella quiere volar. Esa, una posible tercera Chira. La última vez que se escapó de Perú, se fue a México y se perdió en la Fábrica La Aurora de San Miguel de Allende. «Quiero tener más experiencias, salir de mi zona de confort, seguir evolucionando». Ha pensado en un master. También en alguna residencia o un viaje como el del 2011, cuando viajó por toda Europa por ocho meses. «Todo enriquece la experiencia humana; en el arte no es la excepción», comenta. «Ya cumplí una buena etapa de chamba acá; es hora de irme». Chiara quiere intervenir el mundo. Va por él.

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