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Juan Manuel Umbert y Janice Buraschi – Esencia italiana

En solo 80 metros cuadrados, esta pareja ha logrado capturar el alma de la cocina italiana a través de sus recetas. Ubicado en el corazón de San Isidro, Pasta se ha consolidado como una experiencia culinaria distinta en la capital.

Texto: Leonardo Casiano | Fotografías: Oliver Lecca

En el cruce de la avenida Los Conquistadores y la calle Choquehuanca, en San Isidro, un ritual lleno de harina provoca que peatones giren sus cabezas y que algunos conductores olviden que están manejando. Ante ellos, varios cocineros elaboran masas que luego transforman en platos italianos. Es la consolidación del sueño que Juan Manuel Umbert y Janice Buraschi llevan cumpliendo desde hace seis meses: un restaurante propio.

Desde que abrieron sus puertas, el enfoque del establecimiento, que une conceptos hogareños y sofisticados en su arquitectura, ha sido preservar la esencia de la gastronomía italiana en sus pastas. A partir de los insumos que utilizan —en un país caracterizado por la mistura, la fusión—, ofrecen una comida que evoca sensaciones mediterráneas Como comentan ambos, los italianos que visitan Pasta agradecen que sus paladares puedan reproducir fielmente el sabor de su patria. “Ha sido maratónico”, confesa la pareja sobre el proceso de abrir un local propio. Para ambos, la perfección es el ingrediente final de sus platos. Janice, por un lado, concibe la preparación de sus postres como una ciencia. “Un gramo de más y ya fuiste”, afirma en tono jocoso; Juan Manuel, quien antaño estudió Administración, sentencia que en la cocina “no debe haber margen de error”.

Gracias a su minuciosidad, la felicidad y el placer se convierten en la consecuencia lógica que se ve reflejada en la sonrisa de sus comensales. Y así nace otra de las grandes características de Pasta: la conexión que mantiene con ellos. Observar cómo se gestan los platos no es simplemente un espectáculo: es una muestra de sinceridad, una invitación al diálogo. “Nos gusta que nos hablen, que nos pregunten”, refieren los dos cocineros que en el día a día coexisten en sintonía. Él en la cocina, ella en la repostería. Porque, además de las técnicas gastronómicas, Janice
aprendió de Juan Manuel a no conformarse, a perseguir el máximo esfuerzo; mientras que de ella él asimiló su alegría, su espontaneidad.

Más allá de los procesos de cocción, el amor y la comunicación prevalecen en sus mesas. Ambos son conscientes de que aquella es la base no solo de sus siete años de pareja, sino del restaurante en sí. Janice reposa su cabeza en el hombro de Juan Manuel y sueltan una risa cómplice. Cuando se cocina con amor, todo sabe mejor.

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