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Luciana Espinar – Reflejo de óleo

Son muchas horas las que Luciana pasa al frente de un lienzo. Cada trazo o pincelada expresa un fragmento de sus vivencias. Sus cuadros abstractos evocan los lugares que ha amado y los momentos que volvería a vivir.

Texto: Senna González | Fotografías: Oliver Lecca

Los lienzos en blanco la inquietan, se cuelan en sus sueños y no la dejan descansar. Para Luciana, un lienzo vacío es un ‘territorio’ sin pintar. Mientras diluye el acrílico, cada espacio desocupado adquiere forma en su mente. Los colores le brindan la tranquilidad que solo un lienzo manchado es capaz de producirle. Pero no siempre fue así.

La primera carrera de Luciana no le impidió seguir pintando en su cuarto. Aunque por las mañanas prestaba atención a sus lecciones de Administración, las tardes eran todas del óleo. Hasta que un día la estudiante se cuestionó por qué continuaba en un sitio que la hacía sentir pequeña y lo dejó. “Supongo que tenía miedo. No me atreví a estudiar pintura porque no quise tomar riesgos”, recuerda.

Marzo de 2011. El pincel reemplazó el bolígrafo y los apuntes pasaron a ser bocetos. Luciana estudió Artes Plásticas en la Universidad Católica para después especializarse en Pintura. Fueron los seis años más gratificantes de su vida. “La Católica me hizo pisar tierra, la pintura me dio otra forma de ver la vida”. Los detalles y cosas simples moldearon una visión artística, apagada por asignaturas de finanzas, que hoy pinta sus experiencias en territorios y crea lugares a los que llama atmósferas.

Los lugares que visitamos se impregnan en nuestros recuerdos, nos dejan una experiencia que poco a poco es revelada por nuestras acciones. Para Luciana, estos sitios, o como ella los llama, ‘territorios’, no son más que tiempos mezclados entre sí: pasado, presente y futuro.

Periodos que se unen para componer su reflejo. “Mis últimos cuadros son mapas que remiten lugares y momentos, vivencias que me han marcado y formado”, refiere. La pintora comienza por el óleo, le añade acrílico y termina con algunos colores pasteles que matizan las formas, normalmente, azulinas.

El año pasado, la ONG Operación Sonrisa la invitó a pintar junto al artista Gam Kutlier, escultor de formación, para una obra benéfica. Las horas que pasó junto a Kutlier le enseñaron a dejarse llevar por las figuras y siluetas que aún existían en su mente. Luciana, quien solía llevarse por el patrón de la universidad —boceto, dibujo, claroscuro en
carboncillo y prueba de color—, tenía ante ella un lienzo vacío y pincel en mano. Su compañero dio el primer paso manchando el cuadro de 60 x 40 por todas partes. Finalmente, ambos terminaron concretando aquellas figuras no tan lejanas de la imaginación.

Pero ninguna pintura nace de la nada: las ideas de Luciana primero son plasmadas en un cuaderno negro, donde encontramos líneas que simulan caminos y puntos que aparentan huellas. Darle un final a las cosas que amamos supone una gran fuerza para algunos, pero para personas como Luciana, esa fuerza se transforma en paz. “Sé que un cuadro está terminado cuando lo observo y me siento tranquila”, sostiene. Son muchos los momentos de satisfacción que le trae la pintura. Quizá es por eso que solo tardó un año en darse cuenta de que los cursos de contabilidad no iban a llevarla muy lejos en su corazón.

Entre óleos y acrílicos, Luciana encuentra la razón que no halló en la Facultad de Administración, una razón que le permite saber quién es y hacia dónde quiere llegar: sus pinturas expresan lo que las palabras no pueden.

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