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Modelo de amor

Mariano Breccia [34] es deportista extremo y Kiki Dibós de Tramontana [22] una nutricionista en formación. Desde hace poco más de cinco meses, la llegada de Mariano, su primer hijo, les abrió la puerta hacia una nueva faceta en sus vidas: la de familia. No pueden estar más felices por ello. En esta entrevista dejan de lado la timidez y, como jugando, hablan del inicio de su relación hace más de cinco años, de sus vivencias como padres primerizos y de sus planes a futuro.

Por: Jesús Cuzcano // Fotografía: Augusto Escribens

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Para quienes no lo conocen, Mariano Breccia es solo el chico bonito al que las cámaras enfocaron para salir en pantalla nacional como parte de un reality show. Pocos saben que es modelo desde los dieciséis, que gracias a ese trabajo pudo pagarse los últimos años de la carrera de comunicaciones en la Universidad de Lima y más adelante le ayudó a obtener capital para empezar su agencia de viajes; pocos saben que no solo ha posado para cámaras en Perú, sino también en México y Estados Unidos; que además es parte del equipo de deportistas extremos de Adidas y que en 2013, junto a su equipo, rompió el récord mundial de highlining [que mezcla el montañismo y el slackline] en el nevado huaracino de Yanapacha. Cuenta la historia: allí, en medio de la cima de la Cordillera Blanca, se instaló junto a Alex Estrada y el alemán Lukas Imler, sus dos compañeros. Luego de soportar una nevada de más de ciento cuarenta horas, que los mantuvo a los tres prisioneros en una carpa, atravesaron como equilibristas uno de los precipicios del nevado sobre una cuerda, a 5227 metros sobre el nivel del mar. Impusieron una nueva marca. «Y hay planes para romper de nuevo el récord este año», agrega. Dice que hacer ese tipo de actividades lo relajan, aunque no parezca.

Kiki Dibós también ha posado para las cámaras desde joven. Tuvimos la suerte de tenerla frente a nuestros lentes para una sesión de fotos de Chica Asia Sur en el 2013, cuando solo tenía dieciocho años. Hoy está a punto de graduarse como nutricionista y además es profesora de nido. Habla de lo que más le apasiona de su carrera: tener la posibilidad de hacer un cambio a nivel salud en la sociedad. Kiki dice: la nutrición y la medicina están más cerca de lo que uno puede creer. Y no se equivoca. Después de todo, somos lo que comemos. Uno de sus sueños es contribuir a acabar con la anemia en el país. Se prepara para ello.

Él tiene treinta y cuatro, ella veintidós; pero eso poco importa cuando el amor le quita el velo a la edad y la deja como lo que es: un número. Conversamos  con estos dos enamorados y nos dejamos contagiar por esa chispa romántica que los hace completar las frases del otro, por los abrazos entre respuestas y por las miradas coquetas que dejan al descubierto la complicidad que existe entre los dos. Son las ocho y quince de la noche. Mariano, su hijo de cinco meses, está dormido. Y entre bromas ellos dicen que, desde hace un tiempo, para las diez ya están dándole la bienvenida al sueño. Sueltan un par de risas. Así que basta de preámbulos, esta fue nuestra conversación.

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¿Dónde se conocieron?

Kiki: En un viaje a Cusco en el 2012.

¿Cómo así?

Mariano: Yo, por el trabajo viajaba a Cusco a cada rato.

K: Yo fui a pasar fiestas de fin de año con unas amigas.

M: Nos vimos en una discoteca, Mythology. Recuerdo que ella bajaba las escaleras…

K: Ya me estaba yendo…

¿Hubo cruce de miradas?

M: No tanto. Yo la detuve y le dije: «no te vayas». Y, esto ella siempre me lo niega, pero allí me besó.

K: ¡Qué mentiroso!

M: [Risas] Le dije que no se vaya… nos conocimos esa noche. Al día siguiente la invité a ella y a sus amigas a la casa hacienda de un amigo en el Valle Sagrado.

K: Tenía que hacer puntos pues… Ya después hemos regresado a esa hacienda cuando nos hicimos enamorados.

¿Cómo fue el retorno a Lima de ese viaje?

K: Yo regresé a Lima primero y él se fue a hacer una caminata. No tuvimos nada de comunicación por varios días.

M: Me había ido a Choquequirao a guiar a un grupo de argentinos.

K: [Risas] Desapareció como una semana y yo dije: «Bueno, ya fue…». Pero cuando llegó a Lima me escribió y nos encontramos en Asia. Me escribió al BBM, porque Whatsapp aún no había. Nos encontramos en la playa y desde allí empezamos a salir. Todo esto pasó hace ya cinco años.

¿Qué es lo que más rescatan del paso del tiempo?

K: Como toda relación hemos tenido altos y bajos; pero ahora ya tenemos un hijo y estamos a punto de casarnos este año, en abril.

¿Ya hay fecha tentativa?

M: [Disimula una sonrisa] Sí, lo estamos viendo…

K: [Se le acerca por lo hombros] ¡Qué malo!

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¿Cuál fue una de las principales razones por las que se engancharon?

K: El deporte. A mí me encantaba que él fuera deportista extremo; aunque tiene sus pros y sus contras. Por ejemplo, hace unos años, en una de sus tantas idas a Cusco, se fue como una semana y no tenía señal. Yo no sabía si estaba vivo o si le había pasado por encima una avalancha. Me llamó de un teléfono satelital, de un número larguísimo. Y dije: «¿Qué es esto?» Contesté y solo escuché: «Hola», y se cortó.

M: [Risas] Es que te cobran como diez dólares el segundo en esos teléfonos.

K: Al menos supe que estaba vivo. Como te digo: tiene sus pros y sus contras. De hecho me encanta que haga eso, pero te angustia. Ahora con nuestro hijo… menos mal hasta ahora no se ha ido.

M: [Entre risas] Ya te van poniendo límites, dentro de lo que se puede. ¿Te gustaría inculcarle a Mariano ese tipo de pasatiempos?

M: [Se acomoda en su sitio, como orgulloso] Sí, ya tenemos una mochila para llevarlo cargado a todos lados. ¿Cuál es el primer lugar al que quisieran llevarlo?

K: A Cusco, como para un viaje de aventura. Pero ahora su primer viaje va a ser a Uruguay, para conocer a sus abuelos. Esa es nuestra primera meta.

M: Es como una promesa que yo me hice: mi abuela tenía que conocer a mi hijo. Ella ya tiene 94 años, entonces queremos ir lo más rápido posible.

¿Cuál fue la primera impresión que tuvieron del otro?

K: [Risas] Que era churro. No, mentira… En verdad, sí.

M: Yo siempre la molesto con esta historia, porque no es que nos conocimos allí, pero en una fiesta…

K: En una, una semana antes de ir a Cusco. No, dos semanas…

M: [Risas] Yo voy a contar la historia…

K: [Risas] Déjame contarla. Lo recuerdo perfecto: un 10 de diciembre hubo una fiesta después de la competencia Red Bull Flugtag. Allí lo vi. Ese día él estaba con su enamorada de ese entonces. Yo fui con mis amigas. Pasé de lejos y lo vi, pero cada quien siguió su camino. Unas semanas después me lo encontré en Cusco sin enamorada.

M: Ahora yo voy a contar mi versión. Estaba con mi enamorada de ese entonces y con un amigo, y pasó ella [Kiki]. Me miró, yo la miré. Pensé: «qué simpática». Luego volvió a pasar, ¡y me volvió a mirar! Yo la vi de reojo. De pronto mi amigo de al lado me dice: «¿Viste?, esa chica está pasando a cada rato para mirarte».

K: [Suelta una risa] ¡Qué mentiroso! Te vi solo una vez.

¿Creen en las coincidencias o en el destino?

K: Yo creo que todo pasa por algo.

M: No creo en el destino, pero creo que uno va manejando las cosas y el ‘destino’ se va escribiendo.

A uno le apasionan los deportes que lo acercan a la muerte, al otro no tanto. ¿Cómo encuentran el balance?

K: En todo encontramos el balance. Por ejemplo, con lo del bebé, él es el nervioso y yo la relajada.

¿Cuándo fue la primera vez que te pusiste excesivamente nervioso?

M: En al parto, yo estaba verde.

K: Yo estaba tranquila y él a punto de desmayarse.

M: [Sonríe] Se supone que yo entré a la sala para tomar fotos. No hay ni una foto…

K: [Entre risas] Yo, quien estaba a punto de dar a luz, le decía: «¡Mariano, pero toma fotos!» Esa noche, nos fuimos los tres al cuarto por primera vez. Creo que él nunca había cargado un bebé…

M: En realidad con bebés no simpatizaba. No tenía paciencia; pero de un momento a otro…

K: ¡Le salió el instinto! Lo cargaba, lo cambiaba como si nada. Pensé: «se ha metido a clases a mis espaldas».

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¿Qué han aprendido últimamente?

K: Que hay que tener mucha paciencia.

¿Cuál es uno de los principales acuerdos que tienen como pareja?

K: Si hablamos del bebé, en la madrugada soy yo. [Risas] Y a partir de las seis de la mañana le digo: toma, es tu hijo. Pero hemos agarrado un buen ritmo, nos ayudamos mucho.

¿Cuál ha sido uno de los más grandes logros que han tenido últimamente?

K: Evitar pelearnos por cualquier cosita.

M: Esas peleas de enamorados ya… Tienes un bebé y las cosas cambian. Hemos pasado por mucho y mira dónde estamos ahora. Hay parejas que se pelean por todo y nosotros decimos: «qué flojera».

Hay otras prioridades.

M: Y eso es chévere, porque ves que las cosas que has pasado han sido pruebas. Si hemos llegado juntos hasta aquí es por algo.

¿Siempre les gustó la idea de tener una familia?

M: Lo habíamos conversado.

K: [Con una voz un tanto inocente] Pero no pensamos que pasaría tan pronto.

M: El año pasado, cuando ella se enteró de que estaba embarazada, teníamos planeado viajar por todos lados. Recuerdo que nos fuimos a Uruguay aún sin saber lo del embarazo. [Ríe] Nos enteramos la primera semana de enero y a todos los planes, viajes, les dijimos: chau.

¿Comparten algún sueño ahora?

M&K: Viajar como familia. Todos los viajes que no pudimos hacer ahora los podemos hacer los tres.

M: Creo que lo único que ha cambiado es que se nos ha sumado alguien más.

¿Qué fue lo último a lo que le han dicho adiós?

K: [Risas] A salir.

M: Claro, pero no adiós sino ‘hasta luego’.

¿Qué otro deporte extremo te gustaría practicar?

M: Lo que quiero hacer ahora es skydiving. Es como una meta. No de una forma tan extrema, porque
ya teniendo un hijo tienes la responsabilidad de no jugártela. Hay alguien que depende de ti.

Dicen que cuando tienes hijos hasta manejas más despacio.

M&K: Sí.

¿Qué excentricidad tienen?

K: Nunca podemos irnos a dormir sin decirnos: chau.

M: O la cantidad de comida chatarra que comemos…

K: ¡Qué falso! ¡No chatarra, necesariamente! Pero mientras no lavemos platos… Nos gusta cocinar, pero nos peleamos por ver quién lava.

¿Cuál es el plato que mejor le sale a ella?

K: [Se acerca por su hombro] Ah, sí sabes. ¡Acuérdate!

M: ¡Ah!, la ensalada de quinua. Hay que reconocerlo.

¿Y cuál es el que mejor le sale a él?

K: [Ríe] El que mejor le sale a él… Es que él cocina todo. Ya sé: los tacos.

¿Qué vicios tienen ahora que son padres?

K: Todo el día leo miles de miles de páginas de mamás blogueras. Le mando a él todos los links que encuentro o él me manda.

M: Es que la cantidad de información que ahora tienes es inmensa. Claro que hay que saber qué escoger y qué no.

¿Qué opinan del matrimonio?

K: Yo ya me siento como si estuviera en un matrimonio. Ya tenemos un hijo, ya vivimos juntos. No es como si tuviera que decir: «sí, acepto». ¿Me entiendes? Es una formalidad, pero como para terminar de sellar la familia.

Si se pudieran casar en cualquier lugar del mundo, ¿dónde lo harían?

K: En una playa. Aunque él querría Cusco o Lunahuaná, todo hippie.

M: [Ríe] Quiero algo más de montañas.

Última pregunta: ¿cómo se ven en cinco años?

K: [Susurra] Con nuestro segundo hijo.

M: [Se sonroja y suelta una risa]…de hecho con
otro perro

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