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Alejandro Paz-Bajar cerros puede llevarte a la cima

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Si bien de niño su obsesión había sido trepar cerros, Paz ganó ocho títulos nacionales descendiendo de ellos. Casi dos décadas después de montar una bicicleta, ha encontrado en el enduro el equilibro perfecto entre la pasión de su niñez y la emoción del downhill.

Por Pablo Panizo Fotografías de Alonso Molina

A LOS CATORCE

La geografía de la ciudad de Lima está delimitada por dos accidentes: al oeste, está el mar; al este, una cadena de cerros. Estos últimos constituyen una especie de frontera para un gran número de limeños, pero no para Alejandro Paz, quien afirma haberlos subido todos. Su pasión por la bicicleta surgió como una enfermedad adolescente. En 1999, luego de patinar y montar skate, ya estaba absolutamente obsesionado con andar sobre dos ruedas. Esas moles de tierra que llamaban su mirada fueron un reto natural una vez que el cemento ya no le resultaba divertido. Junto a un amigo pedaleó desde su casa hasta la punta de cada cerro, fuera de Casuarinas o de Pamplona Alta. El tiempo y la distancia de sus sesiones se fueron incrementando: llegaba incluso hasta Pachacamac, subía los cerros, bajaba y regresaba sobre su bicicleta hasta su casa, en Monterrico. No concebía otro modo distinto para movilizarse. Un día, cuando tenía 19, llegó completamente sudado, lleno de tierra y con el polo amarrado al marco del timón, a la sede del banco donde trabajaba su madre para pedirle diez soles. Escandalizada, ella se lo llevó del brazo hasta la calle, le dio la plata y le advirtió que nunca más regresase a su trabajo en esas fachas. Su padre tuvo que ponerle reglas: después de las nueve de la noche, la bicicleta no salía de la casa. Alejandro había llegado al punto de ir a fiestas en bici, incluso cuando quedaban en La Molina, después de sortear el cerro Centinela.

Durante una de esas travesía, vio a dos personas que parecían astronautas sobre vehículos lineales. Forrados con coderas, rodilleras y pecheras, eran ciclistas que descendían las montañas a una velocidad inusual, montados sobre bicicletas de moderna suspensión y peso ultraligero. No estaban explorando un planeta, sino practicando downhill. Era una época en que este deporte —si bien ya estaba muy difundido en otras latitudes— recién se escuchaba en el país y captaba a sus primeros entusiastas. La imagen de esos ciclistas bastó para que Alejandro supiera que lo suyo era lanzarse colina abajo. Consiguió como pudo seiscientos dólares y compró su primera bicicleta de downhill. Había comenzado la leyenda del ocho veces campeón nacional absoluto, el mejor ciclista de montaña que ha tenido el Perú.

A LOS VEINTIDÓS

El downhill sigue una verdad evidente: la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta. Sin embargo, el reto del ciclista es llevarla a la práctica. Tras obtener su primer título nacional en 2006, Alejandro Paz vivía a sus 22 años una creciente fama que lo convirtió en promesa del downhill peruano. Vivía para competir. Cada raíz desprendida del suelo, cada piedra, cada curva de tierra constituían un obstáculo que debía calcular mejor que el resto. La psicología comenzó un juego aparte. Veía a los rivales como mentes que trazaban distintas líneas de recorrido. Unos a otros se enviaban emisarios con la misión de generar dudas. Preparado en la línea de partida, alguien llegaba con el mensaje.

—¿Has visto la línea que está haciendo?

Alejandro paraba la oreja y analizaba la información. ¿Lo estaban engañando? ¿Realmente tenían un mejor plan de descenso? Fuera como fuese, lo mejor era mostrarse relajado y confiar.

—Sí, la vi, pero yo tengo una buena también.

Probablemente era cierto. Paz posee dos virtudes imprescindibles para este deporte: inteligencia y fuerza física. Además de talento mental para reconocer el trayecto de descenso más conveniente, recorrerlo exitosamente demanda potencia para alcanzar velocidad y guiar la bicicleta evitando los obstáculos del camino. Mientras más inteligente y fuerte sea el ciclista, la ruta que trace y atraviese será más próxima a la línea recta ideal. Ello explica que, con un insignificante apoyo de auspiciadores y un presupuesto ajustado, lograra competir y ganar durante muchos años los circuitos nacionales empleando bicicletas de menor calidad que las de sus principales rivales.

Antes de que comprara su primera camioneta 4×4 recién a los 27 años, Alejandro Paz se las ingeniaba entrenando con otros compañeros que buenamente quisieran jalarlo hasta la cima de un cerro. Siempre llevaba en su mochila una cuerda para amarrarse a la tolva de cualquier camioneta si acaso no hubiera espacio para él. Esas dificultades no evitaron que siguiera sumando títulos nacionales, uno de los cuales ganó pese a que todo el año había competido con una bicicleta prestada, incapaz de costear una nueva. Alejandro era claramente superior al resto, y gran parte de su éxito se debía a su potencia. «Es un tipo que tiene una velocidad muy cruda: lo notas a leguas», explica Yannick Wende, nueve veces campeón nacional de Bolivia y uno de sus más grandes amigos. La eterna rivalidad que los une no le impide elogiar sus virtudes: «Lo ves pasar y el piso zumba».

Cuando se enfrentaron por primera vez en el Red Bull Empire Rider 2006 de Cusco, Wende no tenía idea de quién se trataba, pero recuerda el episodio perfectamente: «Estaba intentando una línea bien jodida. Solo algunos la hacían. Tenía que saltar unas gradas de lado y caer en un callejón. Me acuerdo de que yo estaba viendo si me animaba o no, cuando él vino, se la lanzó y se fue contra la pared. Después me dijeron que era Alejandro Paz y que era el mejor de Perú». Aquella vez, Paz se dislocó el dedo, apenas una de las incontables lesiones que ha sufrido: luxaciones, fracturas y una rotura de ligamentos de la rodilla que lo mantuvo medio año sin subir a una bicicleta. Ninguna de ellas, sin embargo, logró alejarlo del deporte. Echado en su cama, con el televisor prendido, vivía cada lesión con un infinito aburrimiento y el mal humor a flor de piel. Sus regresos eran como volver a la vida.

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A LOS VEINTISIETE

Los ocho títulos nacionales que ostenta Alejandro Paz no logran describir la magnitud de su figura en este deporte. Como asegura Wende, para comprender realmente por qué es el mejor ciclista de downhill de nuestro país, hay que verlo sobre su bicicleta. Eso es posible gracias a que en 2012 se grabó con una cámara acoplada a su casco recorriendo uno de sus circuitos favoritos, el de San Pedro de Casta. Hasta entonces, para la mayoría de medios era un desconocido más. Para subir a la web los videos que ocupaban la memoria de su computadora, se había creado un canal en YouTube que, en esa época contaba, con apenas diez suscritos. Convencido de que estaba frente a un video excepcional, uno de sus amigos compartió en una prestigiosa página de ciclismo de montaña el video de su descenso por aquella ruta extrema de la sierra limeña. De un momento a otro, Alejandro comenzó a recibir decenas de mensajes y llamadas de personas que le pedían su autorización para transmitir la grabación en noticieros de países tan lejanos como Australia, Japón Italia, Rusia, Holanda, Estados Unidos y Canadá —actualmente, decenas de páginas de Facebook continúan compartiéndolo—.

«¿Es este el ciclista más bravo del mundo entero o el más estúpido?», fue la pregunta con que la página The Daily encabezó hace pocos días el video de su descenso. Los comentarios ilustran el impacto de las imágenes en los lectores: «Oh, Dios mío. He estado enloquecido todo el video. Debo haber tenido catorce mini ataques al corazón»; «No hay forma, es sencillamente imposible»; «Gracias por haber nacido en el Perú»; «Esto va más allá de la insania. Mis manos sudan de solo verlo»; «¿Cómo soportaste del 0:28 al 0:31?».

Los tres segundos a los que hace referencia el último comentario revelan que Paz es una máquina infalible: tras salvar una curva radical junto a un precipicio, se lanza a más de cincuenta kilómetros por hora por una angosta trocha hasta llegar a un jardín de piedras que parece imposible de sortear. Sin apretar el freno, aterriza durante tres segundos entre gigantescas rocas sobre puntos tan precisos que pareciera flotar. Hay que escuchar de su boca negar lo que muchos comentan para creer por completo que lo que se está viendo es real: «Harta gente comentaba que el video estaba acelerado. Nada que ver. Tengo el circuito en la cabeza. Conozco cada piedra». Cuatro años después de ser compartido por primera vez, el video registra más de cuatro millones de reproducciones.

 

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HOY

A treinta minutos de Lima está Pachacamac. A diez minutos de Pachacamac, un conjunto de cerros pertenecientes a una cementera. A treinta minutos en bicicleta, siguiendo una trocha empinada y zigzagueante, su cima. Desde allí se puede observar una gran porción de la costa limeña, desde el Morro Solar de Chorrillos hasta las playas de Lurín. Dos ciclistas la han alcanzado exhaustos. Uno de ellos jadea mientras intenta beber agua por un tubo elástico que sale desde su mochila. «Estoy hecho un trapo», lanza al aire. Alejandro Paz también está ahí y se acerca a saludarlos. «¿Vas a correr?», pregunta al menos cansado. Se refería a la competencia de ese domingo, la primera del año en Lima. El favorito para ganarla era él, Alejandro, el mejor ciclista de downhill de la última década. «No puedo», le respondió: tenía trabajo. «¿Todavía sigues en la mina?». En este pequeño mundo de adictos a los cerros se sabe casi todo: quién se compró una nueva bicicleta, a qué se dedica cada uno, qué cascos han llegado a las tiendas, quién subió un nuevo video de alguna ruta. Se sabe también, por ejemplo, que Alejandro, como muchos más, ya no se concentra en el downhill, sino en el enduro. Aunque relativamente nueva en el mundo del ciclismo de montaña, esta modalidad se ha expandido por el mundo con una velocidad inusual. Mientras el mayor número de inscritos que hubo en un nacional de downhill fue de 80 ciclistas, en el campeonato de noviembre del año pasado de enduro —deporte que se practica recién hace dos años en el Perú— participaron 85 competidores. En países como Chile, donde la modalidad tiene especial fuerza, los inscritos a los torneos más grandes se cuentan por centenares. Y como donde está la gente están los auspiciadores, el enduro ha nacido en cuna de oro. Es el rally del ciclismo: en lugar de descender en circuitos diseñados con saltos y obstáculos de alta peligrosidad, en el enduro el ciclista debe pedalear un largo camino desde la base de un cerro, llegar hasta la cima e iniciar un descenso similar al del downhill, aunque generalmente de menor verticalidad, en amplios terrenos donde la astucia para elegir la mejor ruta hace una notable diferencia. No se trata ya de circuitos de tres o cinco minutos, sino de unos de largo aliento y alta exigencia física.

Para Alejandro, practicar este deporte ha significado una revolución y un regreso a su adolescencia, cuando pedalear dos horas para llegar a un cerro, recorrerlo y retornar completamente exhausto era todo lo que necesitaba para ser feliz: «Me gusta estar rodeado de la naturaleza, andar tanto rato sobre la bicicleta, saber que en todo momento estoy desarrollando mi físico». Ahora planea competir en el circuito nacional y lograr su noveno título, aunque su foco principal es el Enduro World Series, al que ha clasificado como wild card, una invitación especial de la organización mundial reservada a los atletas más destacados.

En su primer campeonato de enduro, hace apenas dos años, en La Cantuta, se coronó ganador venciendo al campeón nacional de Chile. También ha sumado otros logros como alcanzar el quinto lugar en una de las más reconocidas competencias de la modalidad en el país sureño, que convoca a cuatrocientos participantes. Su reto para este año es ubicarse entre los veinte mejores en el Abierto de Canadá, en agosto próximo. Ello lo consolidaría no solo como una revelación del enduro, sino además podría abrirle las puertas a lo que más necesita un atleta en este deporte: apoyo. Como en sus inicios, nuevamente parte en desventaja. A pesar de tener el soporte de las dos mejores marcas del mercado, el dinero no le alcanza para costear las distintas etapas del tour mundial. Con poco, ha sido indiscutidamente el mejor en el país. Con mucho, ¿hasta dónde llegaría? No espera encontrar la respuesta sentado, sino pedaleando. Es lo que sabe hacer. Es lo que lo ha llevado lejos. Es lo que nunca abandonará.

 

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