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La semana de Anís

La diseñadora peruana Anís Samanez se prepara para dar su mejor versión en el próximo LIFWeek otoño/invierno 2018, del 24 al 27 de abril, donde participará por primera vez. Alista una colección de alta costura inspirada en la cultura peruana.

Anís luce ropa deportiva. Regresa del gimnasio Fitness, donde hace functional training con su entrenador Ricardo. Es gracioso que vista sport en un taller lleno de vestidos hechos a mano. Hace un año, abrió este espacio en San Isidro, decorado por su suegra en colaboración con su padre, quien ayudó a poner los clavos donde ahora cuelgan marcos con fotos de una colección que Anís presentó en la revista de Vogue México, en abril de 2017. Tres maniquíes lucen su nueva colección de alta costura inspirada en el color del cielo y en la cultura peruana. Una vez, su hermana Jazmín, que es psicóloga, le hizo el test de Rorschach y en una sola mancha descubrió 150 figuras. «¡No puedo contigo! Tienes demasiada creatividad», le dijo su hermana. Algo similar le pasó cuando viajaba a la sierra del Perú. «El cielo era azul y sus nubes parecían algodón, y yo podía imaginar cualquier figura con esas nubes», dice. Su nueva colección la trabaja en base a tonos claros: celeste y blanco. Hay bordados y telares andinos. Hay flores, aves. «Quise poner al Perú total, su flora, su fauna. Esta colección es un homenaje al país».

Estás poniendo todo de ti para tu primera vez en el LIFWeek. Por supuesto. Estoy trabajando todo el día. La verdad es que la propuesta para estar en el LIFWeek está desde hace un año; pero recién tenía un mes con el taller y debía dedicarle tiempo. Me dije: ¿Entrar al LIFWeek solo para llenar mi ego? ¡Ni hablar! ¡Debía hacerlo bien, lucir lo mejor! Ahora, seré parte de los jóvenes diseñadores que forman la terna de nuevos talentos, en la temporada otoño-invierno. Les agradezco a Fiorella Faré, a Carlos Andrés Luna y a Efraín Salas por esta oportunidad. Veo tu amor por la cultura peruana en tu colección. Hay algo que no comprendo del país. ¿Qué pasa? Tenemos una vasta cultura y a veces no le prestamos la debida atención. Estoy usando mi experiencia, recorriendo el país para inspirarme. Trabajo con tules, bordados que trabajo a mano en el taller y algunas telas que traje desde la India. ¡Esa es toda una historia! De hecho, hace tiempo, cuando trabajé en Wayra, diseñando cojines y telares, me enamoré de las fibras peruanas y descubrí los tipos de algodón, lo que me llevó a diseñar para un ‘Ethical Fashion Show’ en París. Cuéntame esa historia de las telas que trajiste de la India. Eso fue un riesgo. Soy muy avezada, porque yo trabajo mucho con el instinto…

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Hace seis meses, un diseñador amigo le dijo en secreto a Anís que una pareja de esposos hindúes -comerciantes de telas- estaban de paso por Lima y se hospedaban en un hotel de San Isidro. En el taller, le dijo a su mano derecha, Malena, que iría a negociar con ellos, a buscarlos, aunque no los conocía. «Si no te contesto el teléfono, corres hacia al hotel y vas a buscarme», recuerda decirle. Anís se fue a pie al lugar. Esperó en el lobby hasta que la hicieron pasar y quitarse los zapatos. «Me sacaron un cartel de telas, donde una era mejor que la otra. Yo quería comprarlas todas». La pareja le explicó que debía el dinero en un banco y una serie de procedimientos que a Anís le parecieron complicados. «Les dije que tenía el dinero en efectivo y que tenían que acompañarme a casa para sacarlo». En efecto, Samanez guardaba dinero en un sobre blanco, que iba a ser destinado para una feria. Se dijo que lo mejor era invertirlo en su próxima colección. Les dio el dinero y tuvo que esperar a que le enviaran las telas de la India.

¿Confiaste en desconocidos, así de la nada?

Mi esposo y mis padres me dijeron que diera el dinero por perdido; pero yo veía en ellos [los esposos] una buena vibra. Los seguía en Instagram y manteníamos contacto por Whatsapp. Cuando pasó el mes de plazo para que llegaran las telas, empecé a sentirme estafada; pero estuvieron acá a los tres meses. Eran telas espectaculares. Luego les hice otro pedido. Me sorprende, porque el dueño de la fábrica, que es el padre de uno de ellos, me escribió por Navidad. Yo debo de ser una cliente pequeña dentro de su cartera mundial, pero es grato saber que me tengan presente.

¿Te es más fácil trabajar en alta costura?

Es un chambón. Yo misma hago las cosas a mano, porque siento que nadie más podrá hacerlo. Verás, esto es como un arte. Dalí no le puede decir a su asistente que dé una pincelada por él. Hago mis dibujos en papel manteca, son diseños
únicos e irrepetibles. Pero a veces no todo lo que está en el papel es lo que quiero plasmar. Tengo que hacerlas en el proceso mismo. Creo que la imaginación o creatividad son armas mucho más poderosas que el conocimiento.

Y también usas el instinto.

Me gusta vestir a gente que tenga una buena vibra. Además, mi equipo también es así. Antes estaba mi nana, Dione, que me acompañaba a excursiones en Gamarra. Y desde que me casé, la cosa cambió, y ella ya no está en edad para esos trotes. Ahora a esas travesías me acompaña ‘Tafur’.

¿Te consideras una millennial?

Para nada. Yo soy parte de esa generación que nació en el mundo analógico, pero que usa cosas digitales. Eso me hace ver las cosas de una manera distinta a la de los nativos digitales. Hay millennials que no valoran mucho las cosas. Algunos se hacen influencers, se ganan la vida muy fácilmente y suben posts sin haber estudiado periodismo previamente. Hacer plata no debe ser fácil. Hay que leer, cultivarse. Yo me he ganado cada centavo trabajando desde niña, modelando desde los tres años en un desfile de Benetton. Una temporada pasé seis meses en Europa y regresé al país con diez euros y así empecé de nuevo.

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