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Pista de despegue

Por Andrea Chavez / Fotografía de Oliver Lecca

El campeón nacional junior de downhill, Rodrigo Zuzunaga Molfino, acaba de regresar de Colombia tras ganar el torneo sudamericano de downhill. Entre rasguños y sustos no se despega de este deporte, a pesar de que los apoyos a su alrededor sean cada vez menos.

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Un joven se deslizaba como un proyectil sobre el hirviente asfalto. A setenta y cinco kilómetros por hora, cortaba el viento sobre una longboard. Corría el año 2013 y Rodrigo Zuzunaga y un grupo de amigos observaba aquella escena en la pista La Nuclear, en Carabayllo. La bala humana derrapaba sobre las curvas con una energía fuera del planeta. Grande fue la sorpresa cuando su estado de adrenalina se convirtió en completa quietud. Aquella tarde, le fue imposible vislumbrar un auto que se le dirigía en sentido contrario. Un impacto y un sonido en seco. Y la vida del ryder ya se había acabado.

El clima árido y desértico, convierte a aquel lugar en uno de los favoritos para practicar el downhill en Lima, y lo convierte también en uno de los más peligrosos: cuatro curvas, dos cerradas y dos largas. Esta serpiente de asfalto suele ser recorrida en cuatro ruedas, traje de cuero y casco. Aquella tarde del 2013, el actual campeón Nacional de downhill, Rodrigo Zuzunaga, presenció lo que sería uno de los accidentes que más lo marcarían de por vida.

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Rodrigo Zuzunaga tiene diecisiete años. Es campeón nacional junior de downhill  y acaba de regresar de Colombia con el primer puesto junior del Festival de la Bajada en Bogotá, el primer lugar en la categoría Junior de Loma Linda Downhill y el tercer puesto en categoría Open. Este año también ganó en la categoría junior de Valle de downhill, en Tarma. Ha sufrido caídas. Pero la más grave sería aquella que solo ha herido su dedo meñique.

Empezó a practicar el deporte en el malecón de Miraflores, cuando cumplió diez años y sus padres le regalaron un skateboard. Desde ahí no se alejó de este. Y a los doce años se impuso el reto: vestido con un casco de moto, unos guantes de ferretería, unas coderas y un par de rodilleras descendió a toda velocidad por la pendiente de la Av. El Sol, en la Molina. Estaba a treinta kilómetros por hora sobre su skate y sintió que iba más rápido que nunca.

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Ahora se desliza hasta noventa y cinco kilómetros por hora, en la bajada La Tiza, del distrito de Quilmana en Cañete. Le gustaría ir más rápido, pero las pistas de Lima no se lo permiten. Por eso viaja en búsqueda de nuevas curvas y quebradas. Como cuando fueron van a Otuzco, en Trujillo, o a Ayacucho, meses atrás. «Fuimos de viaje a filmar una nueva bajada en Ayacucho –cuenta-. Allá la gente nos hospedó y puso todo. Estábamos subiendo a la Pampa de la Quinua, donde fue la batalla de Ayacucho, y nos quedamos sin gasolina. Paramos en un grifo.  Llegamos y no encontramos gasolina. Y como la traían en dos horas, no nos quedó otra que esperar. No podíamos movernos. Recuerdo que el dueño, quien había organizado todo, entró en rabieta, se molestó y ya no quiso patinar».

***

 

A las doce y treinta de la madrugada, de domingo a miércoles, Rodrigo suele ponerse sus rodilleras, su traje de cuero y guantes. Y se dirige junto con sus amigos hacia el cerro de La Molina para entrenar. Sus horarios de práctica suelen estar entre la una y las cuatro de la mañana. Por los carros. Una mala noche suelen deslizarse unas seis veces. Una buena, hasta veinte. Todo depende de cuántas veces los jalen los carros que suben por allí, aunque no los conozcan. «Lo ideal es ir en grupos de tres o dos, porque ahí sí te suben los autos. Si ven grupos grandes de veinte o treinta, los serenazgos se quejan y nadie te lleva».

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Ahora Rodrigo está cubierto de sudor bajo el achicharrante sol de Las Casuarinas. Sus amigos suelen decirle “Ducha” o “Ducha fría”, porque cuando era pequeño y pesaba unos kilos más no se le notaba el cuello y así suele pasar cuando se sale de la ducha fría. Seguramente pensando en una ducha fría es que se despoja de su traje y cuenta que él mismo suele armar su  tabla para downhill. Se entretiene cambiándole la lija, entornillando y colocando las ruedas. Patina todos los días, ya sea en su skate chico o en el longboard. No le gusta el transporte público por lo que prefiere moverse en sus propias ruedas. Sus mañanas comienzan a las seis en el gimnasio del Club Regatas, donde suele hacer ejercicios cardiovasculares. Pasa las tardes en el skate park y practica el deporte que le ha brindado decenas de títulos por las noches. Sus padres siempre lo han apoyado.  «Mi mamá me apoyaba bastante en el colegio, era la que más lo hacía. Pero hace un mes falleció». Ahora, sin su madre, siente el apoyo cada vez más lejos; pero no piensa dejar de patinar, y el próximo año comenzará con la universidad.

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