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Ricardo Flores – En ruta

El piloto ha sido reconocido en Alemania como el embajador del Perú tras alcanzar el primer lugar en una de las competencias de la Porsche Carrera Cup 2016, uno de los campeonatos monomarca más importantes del mundo. Forma parte de un oficio que, en milésimas de segundo, lo pone frente a la fatalidad de un accidente y que, al mismo tiempo, le exige, a doscientos noventa kilómetros por hora, pensar dos veces antes de pisar el freno.

Por: Jesús Cuzcano | Fotografía: Augusto Escribens | Producción: EMME Producciones

Riflo 1

El Mitsubishi Evolution VII de Ricardo “Riflo” Flores se detiene después de la sexta vuelta de campana. Iba a más de doscientos kilómetros por hora en busca de mantener su posición luego de lograr una curva cerrada. Una falla en el sistema de frenos hizo que se deslizara por el camino de tierra muerta. Su ingeniero se lo había advertido, tenía que tener cuidado, administrar sus tiempos de distancia, disminuir la velocidad con la caja de cambios o el freno de mano. Lo intentó. No era la primera vez que la tensión hincaba su yugular. Había debutado como piloto en el 2007 con una victoria en las Seis Horas Peruanas, una de las carreras más importantes a nivel nacional, la misma que volvería a ganar en 2013. Era hijo de Ricardo Flores, corredor como él. Sin embargo, cuando de la velocidad depende, ni los tecnicismos ni la historia familiar pueden contra lo inevitable. Cuando un piloto tiene al tiempo respirando sobre su nuca, bajar la velocidad no puede ser más que un acto imprudente que muchas veces resulta en el sometimiento voluntario al libre albedrío de un accidente.

El auto de “Riflo” está en completo silencio y a lo lejos un par de hombres saltan nerviosos, gritan. La máquina, su lata machacada y sus vidrios rotos son envueltos por un nubarrón de polvo. Mientras llega su equipo a auxiliarlo, se abre la puerta del vehículo. El piloto sale, se quita el casco y da unos pasos hacia adelante, atontado, sí; pero ileso. Minutos después, en una entrevista, se pararía sudoroso y empolvado al lado del auto y afirmaría ante cámaras: «así son los fierros». Hoy, luego de dos años, diría lo mismo: son lo que son, hasta cierto punto un ejercicio de presión en solitario. Y justificaría su decisión de no detenerse previa al accidente: «Mientras más cerca de la muerte estás, más vivo te sientes». Sin embargo, no es una realidad que les corresponda a todos. Así que se corrige: «Al menos eso siento yo». Tras ello, una realidad: si bien los autos de carrera están diseñados con un solo asiento en la cabina, el miedo siempre estará sentado al lado, como copiloto.

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Las carreras de autos involucran, aunque no parezca, todos los músculos del cuerpo, sobre todo el corazón. Pero no por la pasión que este pueda albergar metafóricamente, sino por un tema de estrés. Un corazón que se enfrenta a velocidades de casi trescientos kilómetros por hora y a las fuerzas de aceleración y frenado reduce su capacidad de funcionamiento: se cansa, porque al fin y al cabo es un músculo. Como consecuencia, late más despacio y con ello llegan los errores en la conducción, según un estudio publicado por la BBC. Meses antes de partir a Oschersleben, Alemania, para la primera fecha de la Porsche Carrera Cup 2016, en abril, el piloto ya llevaba a cabo su preparación física y mental. Un ajuste de todas las partes competentes a un ser humano, como dice. Entrenando en un gimnasio, “Riflo” andaba en busca de una idea: la lucidez física. Así la llama. Porque ni el casco de fibra de carbono que lleva religiosamente, capaz de soportar el peso de un tanque de cincuenta y cinco toneladas sin deformarse, o el sistema de protección de cuello HANS, que evita que se desnuque producto del efecto látigo luego de un choque, vale tanto como la certeza de que su cuerpo no le va a fallar. Para lograr la lucidez física es necesario entrenar la condición cardio-respiratoria para manejar la reacción del cuerpo ante el estrés; optimizar la resistencia para hacerle frente a la fatiga de manejar por horas; entrenar la adaptación del cuerpo al calor, porque la cabina de un auto puede superar los treinta y ocho grados centígrados; entrenar la fuerza del cuello para lograr aislar grupos musculares al momento de una colisión; y ejercitar la concentración y la velocidad de los reflejos. Se sabe, según una investigación del Instituto Neurológico de Boston, que las señales nerviosas de un ser humano viajan desde el cerebro a doscientos noventa kilómetros por hora, la misma velocidad que alcanza el corredor en pista. Por eso basta una acción en medio de un instante prácticamente imperceptible para que todo se convierta en un error. No importa qué tantas veces un piloto haya pasado por una curva, la lógica frente a aquella siempre va cambiar, dependiendo de qué posición ocupe en la carrera o de qué tanto tiempo haya manejado. Cada espacio del circuito es único e irrepetible en cada una de las vueltas.

Riflo 2

Lo que no resuelve con la intuición, lo logra con ayuda de la aritmética. Y de Othmar Welthi, un sueco que en los noventa fue piloto de Fórmula 1 y hoy es el ingeniero de Molitor Racing Systems, el equipo que acompaña a “Riflo” por Alemania, Austria, Holanda y muchos otros países. Él lleva a cabo el entrenamiento técnico del corredor peruano tras el volante basándose en la telemetría, un sistema de medición que, explicado de forma sencilla, convierte una reacción en un algoritmo: calcula la presión de cada uno de los movimientos de “Riflo” en un simulador. Por medio de este lenguaje numérico puede saber qué tanta presión aplicar a los frenos, cuándo aplicarla o cuándo tomar una
curva, cuándo está en peligro de irse fuera de la pista o de darse vueltas de campana. La precisión nunca es un lujo, es la única forma de cuidarse el pellejo sobre el asfalto. Por un pequeño error, varios pilotos se han estrellado a doscientos kilómetros por hora contra una valla de seguridad y han muerto. Por ello Otmar también trata de regular la energía de Ricardo tras el volante, porque lo cataloga como un piloto agresivo, de esos que ven un espacio en una curva y se meten así no quepan. “Riflo” lo admite. Pero por el contrario piensa que el mejor corredor que puede tener un ingeniero es ese con el pie pesado, porque de otra forma no llegaría a dar una buena telemetría, dice. Si va al límite, Otmar lo ayuda a regularse, comenta. Como en la vida, pisar el freno de vez en cuando es importante.

Lucidez física pero también lucidez mental. Chocarse no solo tiene consecuencias somáticas. El Centro de Estudios Especialista en Trastornos de Ansiedad de Buenos Aires demostró que los accidentes graves pueden ocasionar alteraciones psicológicas por estrés postraumático, algunas quizá tan peligrosas como una luxación en el cuello. En algunos casos, un impacto puede originarle a un piloto episodios de falta de memoria; en otros de insomnio, como le sucedió a “Riflo” horas después de volcarse media docena de veces en el Rally de Asia; otros hasta pueden llevar al competidor a sufrir las consecuencias del desapego afectivo. Como un auto, la puesta a punto de la psique también se da fuera de la pista. Ricardo Flores asiste a terapia dos veces por semana. Lo hace desde hace diez años, por suerte desde antes de empezar a correr. Y cuando está de viaje, lo hace por Skype. Si bien, una vez en el diván, abre puertas por las cuales no puede entrar el oficio periodístico, deja entrever entre todas sus respuestas que lo asimilado en cientas de horas de terapia lo ha llevado a apreciar más todo aquello que no tiene un valor regido por el precio de etiqueta. Incluso en las competencias en las que participa, ensaya el piloto: no es la acumulación de copas lo que le importa.

Riflo 3

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El 25 de junio pasado, Ricardo Flores se subió al podio de la Steintribune de Núremberg. Allí, sobre el número uno, con mano derecha en el corazón, entonó el himno nacional peruano por vez primera en la Porsche Carrera Cup. Y si bien no alcanzó el puntaje necesario para convertirse en campeón de su categoría, mantiene aquel momento intacto como un recuerdo de lo que puede significar el éxito. Porque ganar y sentirse victorioso son dos cosas diferentes.

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