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Talento del alma

Siete años estudiando para sacerdote fueron suficientes para saber que su camino era otro. Así, Marco de Gennaro cambió la sotana por el violín y tras conseguir ingresar con una beca al Conservatorio Nacional, desarrolló el talento que considera Dios le ha dado para alegrar a los demás y que lo ha llevado a hacerse conocido en las redes sociales, al punto de alcanzar en solo diez meses, más de 60,000 seguidores en Instagram.

Por: Heidi Pinedo | Fotos: Oliver Lecca

La  primera vez que Marco apoyó el mentón en un violín, tenía siete años. Su maestro, Alejandro Ferreira, le enseñó que antes que tocarse, un violín merece ser acariciado. El do, sol, la, sol de Twinkle twinkle little star de Mozart fue su primera canción. Este sin embargo no fue su primer acercamiento a la música. Cinco años antes, su madre y profesora de música en el Conservatorio Nacional, le había enseñado a tocar el piano. En la casa de la familia De Gennaro, «no había un solo día en el que no se escuchara música clásica o melodías del disco de Suzuki en la radio», recuerda.

Sin embargo, hubo un momento de su vida en el que se sintió cansado, estresado y harto de la música. A los 13 años de edad, mientras los amigos de su colegio comenzaban a salir a las primeras reuniones o fiestas, Marco estaba en tres orquestas distintas de música: La Orquesta Nacional, la Orquesta de la Cámara Nacional y la Orquesta del Conservatorio. No tenía vida social y había alcanzado el límite de lo que un chico de tercero de secundaria podía soportar. «Llegué a un punto en el cual me saturé porque vivía con un sinsabor constante.

Bajé mis notas de teoría en el conservatorio y dije hasta aquí». En ese momento llegó la Iglesia a su vida, cuando un día asistió con el grupo del conservatorio a tocar un concierto en una misa. «Era una época donde no quería nada con Dios, pero acepté participar en el coro de esa congregación». Su madre, católica practicante, se encontró con los hermanos encargados del coro de la Iglesia y habló con ellos para que la ayudaran a educar a Marco y Stefano, su hermano menor, dos adolescentes hiperactivos y rebeldes.

Tuvieron que pasar tres meses para que Marco derrumbara los prejuicios que tenía sobre la vida religiosa. Aburrido de tocar las mismas canciones en la misa, un grupo de acólitos de su edad lo invitó a jugar un partido de fútbol. Con el marcador en contra, risas, bromas y juego limpio en el ambiente, se dio cuenta que ellos eran todo lo contrario a lo que pensaba. Es en ese partido donde conoció a quien un par de meses después se convertiría, hasta el día de hoy, en su guía espiritual y la persona que lo encaminó a estudiar por siete años la carrera que sintió que Dios quería: el sacerdocio. El nombre de uno de los grandes protagonistas de su vida se mantendrá en reserva, pero Marco recuerda una conversación que tuvo con él donde sintió una experiencia espiritual. La charla giraba en torno a su vida familiar y lo mal que estaba manejando la situación. «No puedo explicar con palabras lo que sentí, pero mi consciencia, dormida hasta ese momento. Le pedí que me ayude a ser una mejor persona, y a partir de ahí, tuve la disposición de serlo».

En una misión que su Iglesia le había otorgado en Arequipa, Marco sintió que Dios le pedía algo más que solo ayudar a la gente. Así, el 26 de julio de 2010 supo que estaba preparado para entregar su vida a Dios. «Conversé con mi guía y le dije que estaba listo, pero él me indicó que siguiera mi vida normal, porque mi horizonte ya estaba fijado». Al año siguiente, ingresó al seminario para empezar su formación sacerdotal y tomó la drástica decisión de abandonar el violín. Pero los sacerdotes de su Iglesia le dijeron que ese era un talento y un don que Dios le había dado, y que tenía que ponerlo al servicio de la gente.

Siete años después de ese episodio, Marco volvió a cambiar el rumbo de su vida. A partir del quinto año, la formación sacerdotal lo llevó a sentir un estrés constante. Las más de diez horas de estudio semanal, los cuatros años de estudios teológicos y los nuevos textos de filosofía le comenzaron a pasar factura. Él sintió que no le gustaba lo que estaba haciendo, y en una de las conversaciones más difíciles de su vida, le dijo al Padre de su comunidad que el sacerdocio ya no era algo que él quería. «Fueron los mejores años de mi vida, y no niego mi vocación religiosa, pero no me gustaba la parte esencial de estudiar filosofía y teología. Como no había un intermedio tuve que dejarlo».

En las pastorales, Marco había convertido el reggaetón “Despacito” en versión religiosa; pero fue una noche de diciembre de 2017, contagiado por el espíritu navideño y por la insistencia de sus amigos, cuando subió tres historias en Instagram con un video del famoso villancico “Holy Nigth”, recibiendo decenas de reacciones positivas. A las pocas semanas, entusiasmado por esta incursión en las redes, grabó con su celular un cover de “Robarte un beso”, de Carlos Vives y Sebastián Yatra, que publicó en su Facebook con la siguiente leyenda: “Gente, les dejo mi primer cover. Espero que les guste y, por favor, ayúdenme compartiéndolo en sus muros apoyando el talento peruano”. Veinticuatro horas después, ese video improvisado y mal iluminado grabado en su habitación, alcanzaba las 20,000 reproducciones y, hasta el día de hoy, ha sido compartido casi 400 veces. Ese fue el primer paso de una comunidad que no ha dejado de crecer, llegando a tener más de 60 mil seguidores en Instagram.

Para las fotos que acompañan esta entrevista en el Lugar de la Memoria y la Reconciliación, frente al mar, Marco de Gennaro se ha vuelto a poner el violín al mentón, como la primera vez a los siete años, y ha mirado el horizonte como si allí hubiera encontrado algo, como si su consciencia hubiera despertado por segunda vez gracias a la música. En ese momento el fotógrafo rompe el silencio, le pide una mueca, una pose, una mirada. Es curioso que al violinista peruano más seguido de Instagram, le incomode tanto posar para una foto.

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