/jquery.cycle.all.js
Campaña Adidas BURST
Inicio > Personajes > Todos amamos a Olivia

Todos amamos a Olivia

La vida parece sonreírle a Mateo Cabrera, un pintor peruano que ha expuesto tanto en Lima como en muestras colectivas en el extranjero. Acaba de convertirse en padre, su hija Olivia pronto cumplirá cinco meses; e inaugurará este nueve de junio su cuarta individual Entre el Afuera y el Adentro, en La Galería, en San Isidro. ¿Cómo afronta un artista entregarse al cambio de pañales?

Por: Diego Olivas Arana | Fotografía: Augusto Escribens | Producción: Cristina de la Piedra

1

Cuando su padre se suicidó en 1992, fruto de una profunda depresión, Mateo tenía nueve años. Se hallaba en un momento de la infancia que conjuraba una figura paterna ausente en su vida. Pero su padre era poeta, uno extraordinario y casi desconocido. Hay quienes se hacen artistas distanciados del padre, en determinados niveles, para descubrir a sus progenitores al final del sendero. Hacerlos suyos y comprenderlos bajo su arte. Tras sopesarlo por meses, Orhan Pamuk, Premio Nobel de Literatura 2006, decidió abrir la maleta con los escritos de su padre cuando ya era un novelista célebre. Hay otros, como Mateo, cuyo primer acercamiento al arte fue a través de sus padres. Pedro Cabrera Ganoza dejó como legado cajas y cajas de manuscritos que contenían casi la totalidad de su corpus poético.

Mateo creció tratando de conocer y entender a su desaparecido padre a través de esos textos, y de paso, descubrirse a sí mismo. «Era una poesía brutal, fue mi primer contacto con el arte, el sentimiento humano y todavía se mantiene vigente en mi vida».

2

Podría decirse que el primer contacto de Mateo [Lima, 1982] con lo pictórico sucedió a los tres años, cuando dibujó con un lápiz de color; o al refugiarse en la pintura durante la adolescencia; quizás a los veintiún años, cuando dejó sus estudios de comunicaciones en la Universidad de Lima para dedicarse a la pintura. «Siempre he tenido una inclinación hacia lo estético». Acaso sería algo de familia: Macedonio de la Torre, artista versátil del S. XX, era primo hermano de su abuela, y muy cercano a su padre. De pequeño asistía a muestras con su mamá. A los diecinueve, una exposición de Venancio Shinki lo invadió de revelación e inquietud. Así, estudiaría en el Chelsea College of Art and Design de Londres. Al retornar a Lima, pasaría un año en la facultad de arte de la PUCP y otro en Corriente Alterna. Durante su última temporada afuera, asistió a la Angel Academy of Art, una escuela de técnicas antiguas en Florencia, Italia.

Animales, criaturas abstractas, colores, versos que levitan sobre el lienzo. Algo de abstracto, de surrealismo, de naive. Naturaleza extraída de su contexto. Sus cuadros remiten en ocasiones los coloridos collages con versos de la poeta polaca Wisława Szymborska. Para Mateo, la inspiración raya en el conflicto. «No hay arte sin conflicto: el interno, aquel del sufrimiento, de la pasión».

Durante el proceso de creación de su reciente muestra, ENTRE EL AFUERA Y EL ADENTRO, Mateo vivió el embarazo de Adriana, su pareja, y el subsiguiente nacimiento de Olivia. «He visto crecerle la barriga a mi mujer, dar a luz y ahora vivo el crecimiento de mi hija. Quizás por eso la nombré ENTRE EL AFUERA Y EL ADENTRO: evoco esta experiencia tan fuerte que es traer vida al mundo». Se enteró de su hija a través de una corazonada, que su pareja Adriana confirmaría semanas después. Pronto sintió un miedo tremendo y una ilusión increíble. Sabía que su primera hija lo llenaría de gracia, mas también que devendría en un reordenamiento total de su vida. «Es la primogénita por ambos lados. La primera nieta. Ha movido a toda la familia. Todos la amamos». Verla nacer fue un fenómeno inefable de la naturaleza. Felicidad, miedo, certeza, todo el entramado se consolida. Siempre quiso que fuese mujer, mas fue Adriana quien escogió el nombre, cuyo significado los conmovió. Está relacionado con la rama del olivo, aquella que porta la paloma blanca de la concordia. Olivia, la que trae y protege la paz.

El pintor contempla la experiencia de la paternidad como un proceso de muerte y resurrección. «Nace ella, nazco yo como padre, sin haber crecido con uno, todo es una prueba mayor». Disfruta pasear junto con ella y Adriana. Hace poco Olivia empezó a abrazarlo y Mateo palpó el esplendor. La ha llevado a su taller: sueña con que lo visite cuando sea más grande, y juegue ahí mientras él pinta. Que crezca comprendiendo ese lenguaje y sea parte de su mundo.

3

La llegada de Olivia ha conllevado sustanciales sacrificios. Hoy Mateo despierta en las madrugadas para cambiar pañales y calmar a su hija. Su espacio y actividades ya no le pertenecen. Es un gran aprendizaje de aceptación.
«Ella ha venido al mundo enseñarme». Ser padre cambia el enfoque completo de tu vida. «Ya no soy yo, y nunca lo volveré a ser. No hay marcha atrás. Ahora somos nosotros».

Mateo está releyendo por enésima vez CIEN AÑOS DE SOLEDAD. Le gusta evocar en los pergaminos del gitano Melquiades los manuscritos de su padre. De pronto, esos poemas también narran su historia y la de su familia: «Recién conozco el amor / y por lo tanto he renacido / de mis propios entrañas / ya mayor / como nace la flor / de una planta anterior / como nace la luz / de la sombra ulterior / como nace la vida / de la muerte mayor». La pintura redescubierta en la paternidad.

4

 

Comentarios

comentarios

Notas de interés

Conductor con cancha

Michael Succar es conductor de ‘El Show de Goles’ y deportista por naturaleza. Próximo a ...