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El match point de Varillas

Antes de marcarse un extraordinario 2023, Juan Pablo Varillas tuvo que devolver varios reveses en su carrera, que lo llevaron incluso a pensar en el retiro con solo 21 años. Publicado: 9 de febrero de 2024

Hoy la primera raqueta peruana vive su mejor momento profesional, entrena ocho horas diarias en Argentina y ya piensa en jugar la revancha contra Djokovic.

El wrapped 2023 de Juan Pablo Varillas es -hasta hoy- el mejor de su vida. Logró un cruce en octavos de final de Roland Garros con Novak Djokovic, la posibilidad de enfrentar a Chile este 2024 por el acceso a la fase de grupos de las finales de Copa Davis, nuevos contratos con firmas auspiciadoras y su consolidación entre los 100 mejores del mundo. Si su carrera se resumiera en una sola portada, resultaría impensable que no hace tanto tiempo el tenista peruano estaba lleno de dudas sobre su futuro. Para contarlo hay que retroceder ocho años y varios puestos en el ranking.

Pocos saben que nuestra primera raqueta jugó todo 2016 con un match point en contra. Entonces las cosas no le estaban saliendo bien. Se había mudado a Barcelona para entrenar y mejorar su nivel, pero ni los resultados ni la confianza en sí mismo lo acompañaban. Lo peor tal vez era lo que sucedía a su alrededor. Sus compañeros de generación -monstruos como Rublev, Kyrgios, Zverev y Tsitsipas- ya se ganaban un lugar entre los mejores del ranking ATP, mientras él todavía no veía las luces de una pista de despegue. “Un error en esa época fue compararme con los demás, no saber esperar mi momento ni creer en un trabajo a largo plazo”, recuerda el actual puesto 87 del mundo.

Aunque estaba acostumbrado a devolver los reveses más fuertes en una cancha, fuera de ella ‘Juanpi’ se planteó retirarse. Se deprimió, subió de peso. El chico que a los dieciocho años jugó con Rafael Nadal en una exhibición en Lima y que había recibido buenos comentarios por parte del “rey de la tierra”, veía cada vez más difícil dedicarse al tenis a nivel profesional. Veintiún años no es una buena edad para recoger todas las promesas que te hiciste. El suyo sería un adiós definitivo a los sueños de aquel niño que un día se matriculó en las vacaciones útiles del Lima Cricket, cogió una raqueta sin mayores pretensiones y luego no la soltó más. Una decisión que lo alejaría de la arcilla roja que le dio forma como deportista para volver a las aulas universitarias que abandonó cuando cursaba el primer ciclo de ingeniería en la PUCP. Poco antes Duilio Beretta, un joven tenista peruano con una excelente proyección internacional, también había dado un paso al costado por falta de apoyo. Lo suyo solo sería la continuación de una triste tendencia con algunas excepciones, entre ellas Jaime Yzaga y Lucho Horna. “El camino es difícil para un tenista, sobre todo en Perú”. Así lo resume Juan Pablo.

Entonces un día le hablaron de Argentina, el país de donde han surgido las mejores generaciones de tenistas de Latinoamérica, con figuras como Guillermo Vilas, Gastón Gaudio, Juan Martín del Potro, Gabriela Sabatini y Diego Schwartzman. Varillas calibró su apellido junto al de ellos. Lo pensó bien. Dejó España y se jugó todo en una última apuesta. Le quedaba un solo servicio y tenía que ganar el punto. Había que revertir el marcador a como dé lugar. “Me dije que si allá no funcionaba, si no había un cambio, eso sería todo para mí”.

En Buenos Aires la primera diferencia que notó fue que los argentinos se interesaban mucho por el tenis. Mientras en Lima las personas lo miraban con cierta curiosidad por llevar un raquetero sobre la espalda, allá el tenis se vivía de otra manera, con más naturalidad y menos elitismo. Los entrenamientos también fueron distintos y con ellos los resultados empezaron a mejorar. Todavía quedaría un trecho largo para ser ese Juan Pablo Varillas que hoy aparece en la televisión y es reconocido por la calle cuando visita Perú. Tendrían que pasarle varias cosas aún. Una vez le robaron el maletín en un torneo de Córdoba y un amigo tuvo que prestarle una raqueta para jugar. Otra vez, junto al equipo de la Copa Davis, se terminó el presupuesto para el duelo en Guayaquil y tuvieron que arreglárselas como pudieron. Aprendió a fortalecer su mente con psicoterapia, para parecerse más a sus referentes Nadal, Djokovic y Federer.

“En el tenis un descuido, una desconcentración, y el partido se te va de las manos. La mente te puede llevar muy lejos, pero también te puede llevar a la mierda”.

Mientras todo eso ocurría, lo que no cambió fue el apoyo que recibió de su familia. Si bien el tenista como animal deportivo suele ser visto como un avión solitario, lo de Varillas es un trabajo en equipo que reúne a familia, entrenadores y amigos cercanos. Sus padres, aunque no practican el deporte, confiaron desde el inicio en el talento y en la responsabilidad de su hijo. Fueron los partners perfectos y llegado el momento, cuando dejó la universidad, supieron estar en su lado de la cancha. Juan Pablo no juega solo ni tampoco su hermano menor Rodrigo, que ahora se formula las mismas preguntas que él se hizo sobre un futuro en el tenis.

“Para mí lo ideal sería volver a Perú y estar con todos ellos, pero las condiciones deportivas no son las mejores para mi carrera”.

Puede que ese regreso se dé como forjador de nuevos talentos, eso no lo descarta. Todavía falta mucho. Hay revanchas pendientes con Djokovic y Alcaraz, con quien perdió en 2020 con un marcador muy ajustado. Por mientras, en su habitación en Lima lo espera una fotografía que les hicieron a él y Nadal en aquella exhibición de 2013. Ya habrá tiempo para verla. Ahora en esa mente cada vez más fuerte solo hay dos nuevas promesas para este 2024: darlo todo con Perú y meterse entre los 50 mejores del mundo.

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